Etiquetas

Se pavoneaba el otro día el insigne presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, de que su futura reforma laboral “me va a costar una huelga general”.

Mucho se ha hablado ya sobre la inmoralidad que supone el que el presidente escamotee a los ciudadanos los detalles de dicha reforma, detalles que sin duda debe de conocer para augurar de forma tan rotunda que le va a costar una huelga general… o quizá no los conozca, y solo estaba sacando pecho ante sus homólogos europeos: “mirad que macho soy”, todo un ejemplo de alta política. Lo cierto es que, escojamos la opción que escojamos, el personaje no sale muy bien parado que digamos.

Pero mi reflexión de hoy no va en ese sentido, lo que me ha llamado la atención es la alegría con la que el mandatario habla sobre la eventualidad de una huelga general… como si fuera algo sin ninguna importancia, una pequeña molestia pasajera que, en ningún caso, puede alterar el rumbo de lo ya planeado por el Gobierno.

Y lo que más me ha preocupado es que, dado que se trata de un comentario privado, y no de una declaración pública, podemos fiarnos en este caso de que no es una postura impostada, sino que es lo que realmente piensa el personaje.

¿Hasta ese punto se han devaluado las huelgas?, antes eran una preocupación real para los gobernantes, ahora se las toman a chirigota, como un pequeño escozor que remitirá en un par de días a lo sumo. 

Una huelga, actualmente, ya no es la expresión de indignación colectiva, de protesta enérgica que fue en el pasado, se ha convertido en algo burocratizado, en un acto perfectamente planificado y encorsetado, en un pequeño incordio perfectamente asumible por el sistema. 

Analicemos fríamente cómo se ha llegado a este punto. 

En primer lugar, las huelgas, hoy en día, se convocan con una tremenda antelación, de semanas, o incluso meses, esto hace que las empresas estén totalmente sobre aviso, lo que les permite planificar la logística con mucho tiempo, haciendo que, en realidad, las pérdidas sufridas sean mínimas con respecto a una huelga “rápida”.

Reventemos sus previsiones actuando más rápido, no les demos tiempo para pensar, hagamosles un daño económico real, y no solo cosquillas. 

En segundo lugar, las manifestaciones callejeras se han convertido en unos recorridos festivos, pactados con las autoridades, quienes aislan herméticamente con las Fuerzas de Seguridad a los manifestantes del resto de la población, como si de peligrosos infectados se tratara… y no les falta razón: portan el peligroso virus de la indignación, el cual ya hemos visto lo contagioso que es, así que no colaboremos con las autoridades en su contención, ¡nos interesa propagarlo!.

Para conseguirlo hay que dejar de lado los pactos con la Administración, en este caso es el enemigo, y al enemigo no le telegrafías por dónde vas a realizar el desembarco: nuestra Constitución nos reconoce el derecho a “reunión pacífica y sin armas” con tan solo una comunicación previa, ¡no hay que esperar autorización!, organicemos marchas pacíficas, pero improvisadas, que tengan que multiplicar sus puntos de control, hay que desbordarlos y no entrar en su juego de ir todos como corderitos desfilando entre las filas de agentes antidisturbios. 

En tercer lugar, las huelgas nacen con “fecha de caducidad”, se convocan un día concreto, y a las 24 horas se desconvocan automáticamente… se hayan conseguido o no los objetivos, con todos los respetos ¿qué mierda de estrategia es esta?, continuando con la analogía militar, si estamos cercados en un fuerte y sabemos que el enemigo va a levantar el asedio mañana… ¿por qué coño nos vamos a rendir?, una huelga con fecha de caducidad tiene nulas posibilidades de alcanzar sus objetivos, por razones obvias.

En el siglo XIX los obreros, cuando se declaraban en huelga, no volvían al trabajo hasta que no habían conseguido sus reivindicaciones, ¡y leches, que eran mucho más pobres que nosotros!, eran capaces de resistir semanas, incluso meses, manteniendo el pulso a los patronos hasta que estos cedían… ¿y ahora nos parece mucho sacrificio el renunciar a un solo día de salario?, por supuesto no hablemos ya de una semana de huelga, que nos entran sudores fríos. 

Los obreros blanditos y civilizados en que nos hemos convertido estamos obteniendo lo que nos merecemos: si tenemos los derechos actuales fue por las huelgas contundentes y la lucha decidida, si las huelgas “light” funcionaron hasta hace unos años fue porque el recuerdo de las antiguas huelgas, las de verdad, todavía ponía los pelos como escarpias a los empresarios y a los gobiernos… pero ahora ya se saben el truco, ya han aprendido que después de que hagamos “buh” para asustarles, no nos vamos a levantar en tromba si no ceden a nuestras peticiones. 

Y como ese efecto ya se ha perdido, las huelgas no tienen ningún efecto, así que, señores, o nos tomamos esto en serio, o luchamos de verdad, o el señor Rajoy y los que vengan después seguirán bromeando con las huelgas, porque no serán más que una pequeña piedra en el zapato.

Raúl Martín Fernández

Anuncios