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Todos habrán visto la estremecedora imagen del nazi griego ordenando a los periodistas ponerse en pie para “saludar al líder” al comienzo de la rueda de prensa tras las elecciones.

Muchos análisis he leído y escuchado sobre el asunto, sobre la estética del nazi gritón (rapado y vestido de negro), las “propuestas” por llamarlas de alguna forma de ese partido, su carácter autoritario…

Pero yo no escuchaba nada de eso, me había quedado en el principio de la secuencia, anonadado e incrédulo ante lo que estaba viendo.
Porque cuando el nazi entró en la sala a voz en grito, ordenando a los periodistas que se levantaran… todos obedecieron, se levantaron sin apenas dudar, como corderos descerebrados incapaces de comprender.

¿Inconscientes o cobardes?, unos pocos periodistas se dieron cuenta de lo grave de la situación, y se negaron a levantarse, aunque tras algunos empujones y gritos adicionales, acabaron por ceder.
Tan solo una mujer se negó en redondo a obedecer, y permaneció sentada a pesar de las amenazas e imprecaciones.
Acabó expulsada de la sala, acompañada únicamente de su dignidad humana y profesional, porque sus “colegas” decidieron hacer como si no hubiera pasado nada, y, mirando para otro lado, se quedaron en la sala para cubrir la rueda de prensa.

El menos el acto sirvió para aclararnos el interrogante del párrafo anterior: son cobardes, porque después de la expulsión de un compañero ya no puedes alegar que “me pilló de sorpresa y no sabía lo que estaba pasando”.

Si hoy, que son pocos, la gente no es capaz de plantar cara, no hay ninguna esperanza de que lo hagan conforme vayan ganando más poder y representatividad.
Se levantarán cada vez que esta gentuza lo ordene, desfilarán y cantarán cuando lo manden, y además dirán que es porque les obligan.
Y será mentira, porque cuando todavía podían elegir, cuando tenían la opción de no haberse levantado y haber plantado cara, escogieron la vía fácil, escogieron obedecer sin pensar.

Raúl Martín Fernández.

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