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El viernes, el consejo de dirección de Bankia se reunió, y desveló que la suma final que el Estado deberá apoquinar para salvar el negocio de esa entidad asciende a 19.000 millones de euros.

La comparación que viene a la mente de forma automática es evidente… ¡pero si eso es el doble del hachazo que le han dado a la Educación y a la Sanidad!.

El Estado, por supuesto, ha explicado varios mecanimos gracias a los que conseguirá obtener esa cantidad, todo sea por salvar a la banca.

El Estado estaba, en teoría, sin un euro, asfixiado, ahogado, tan al límite que al Gobierno no le quedó otro remedio que arañar 10.000 millones de euros de los pilares más básicos de nuestra sociedad.
No había otra solución, al parecer. Ya lo habían intentado todo, decían.

Sin embargo, el sábado por la mañana, menos de 24 horas después del anuncio de Bankia, el Gobierno puso sobre la mesa varias ideas para obtener los 19.000 millones que la entidad necesita para sobrevivir.
Eso quiere decir que, si tuvieran la voluntad política, no sólo no hubieran recortado nuestro derecho a la Educación y a la Sanidad, sino que incluso podrían haber ampliado la dotación y cobertura de estos servicios.

Para mayor recochineo, el presidente de Bankia se pavonea por los medios de comunicación, dejando bien claro que su entidad no va a devolver ese dinero al Estado, sino que éste tendrá que recuperarlo a través de la venta de las acciones que posee del banco.
El Gobierno nacionaliza Bankia, y además le inyecta todos los millones adicionales necesarios. Pero el banco no va a devolver el préstamo (pues eso nos dijeron que había sido), sino que, para recuperar nuestro dinero, el Estado volverá a privatizar Bankia… cuando vuelva a dar beneficios, claro está.

En resumen, mientras dé pérdidas, nos las comemos tú, yo, y todos. En cuanto vuelva a dar beneficios, se lo entregamos a unos pocos para que se forren.

Después de semejante e impúdico escándalo, ¿estalló la indignación el sábado por la mañana?, pues no, resulta que la gente estaba muy indignada porque en la final de Copa se había silbado a nuestro glorioso himno nacional: los medios de (in)comunicación decidieron que esa era la noticia del día.

Es curioso comprobar como, cuanto más inútil es un Gobierno, más se escuda en los resortes del nacionalismo.

Raúl Martín Fernández

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