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En estos convulsos días son incontables los mensajes de enfado e indignación que inundan la red, todos los recibimos, leemos, asentimos para nosotros mismos y compartimos.

Tendemos a pensar que esto no sirve para nada, que las cosas no van a cambiar,
pero lo cierto es que las redes sociales se han erigido en un poderoso generador de opinión.
Están ocupando el lugar que antaño ostentó la destronada televisión, que ahora mismo es un medio que ha perdido su credibilidad para una cada vez más importante parte de la población.
Ese lugar lo están ocupando las redes sociales, por las que la información libre y sin censuras circula a todo gas, llegando hasta nuestros dispositivos sin filtros, para que nosotros, por fin, disfrutemos de una verdad sin intermediarios ni cortapisas…
¿Estáis seguros de que esto es así?

Los generadores de opinión no son personas sueltas, aunque esa sea a veces la cara visible, sino grupos de profesionales de la comunicación contratados para realizar un trabajo. A sueldo de los grandes grupos de intereses que quieren dirigir y controlar el debate público: de qué se habla, de qué es mejor que no se hable, qué tiene que opinar la gente sobre determinado tema… espero no haber chafado a ningún inocente el cuento de la libertad de prensa.

Conociendo por lo tanto sus maneras de actuar, me sorprende la candidez de la gente, que se cree a pies juntillas todo lo que les llega a través de las redes sociales. Es evidente que los grupos de intereses hace tiempo que detectaron la tendencia, y tienen a sus plantillas diseñando, generando y difundiendo contenidos por las redes, al igual que antes lo hacían para la televisión o los periódicos.

Como señalaba al principio, son incontables los mensajes de indignación que inundan la Red… o quizá no tanto. En número son, efectivamente, abrumadores, pero si nos fijamos en la temática, su variedad se ve drásticamente reducida, principalmente a dos grandes grupos:

En el primero tenemos los mensajes que cargan contra el despilfarro de las administraciones públicas: los aeropuertos, trenes, carreteras… no hay prácticamente infraestructura que se salve de ser criticada. Está claro que hay infraestructuras en las que se ha malgastado dinero, pero ¿todas?, ¿no hacía falta nada de dinero en este país para mejorar las infraestructuras de comunicaciones?, ¿todo lo que se ha invertido en carreteras y ferrocarril es despilfarro?

El segundo grupo de mensajes es el que carga contra los políticos, es ya memorable el absurdo bulo de los 445.000 políticos en España. Los políticos son el blanco preferido de la ciudadanía, y no seré yo el que defienda la actuación de muchos de ellos, pero ojo, que la corriente de opinión que se está generando se está deslizando interesadamente hacia el ataque contra las instituciones mismas: ya no se busca la cabeza del político, sino la eliminación misma de la institución.

Piensenlo, y verán que un gran número de los mensajes que ustedes reciben están englobados en alguno de estos dos grupos.
Ahora analicemos fríamente, ¿qué dos ideas principales transmiten estos mensajes?.
La primera es que la inversión pública es mala, un despilfarro inútil que se acomete con el dinero de todos: sustitución de la inversión pública por la privada.
La segunda es que la acción Política es un estorbo, hay que eliminar cuantos más políticos e instituciones mejor: dejar que la sociedad y la economía se regulen por si mismas.

Qué sorpresa encontrar las dos máximas neoliberales en el fondo de un maremagnum de mensajes, en teoría inconexos entre sí, en teoría procedentes de ciudadanos anónimos, porque la Red es libre, la información circula por ella sin elaboración, la genera directamente el ciudadano… ¿o no?

Valga este análisis para que dejemos de ser tan confiados, los mismos grupos de intereses que estaban en los medios de comunicación tradicionales, están ahora en las redes sociales, trabajando para los mismos amos, intentando difundir e imponer las mismas ideas.
Aprovechando el río revuelto de la crisis (generada por esa misma ideología) para pescar los cambios estructurales que siempre han querido obtener: menos Estado y más desregulación.

Raúl Martín Fernández

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